UNA S EN LUGAR DE UNA Z
-Buenos días, emm… señor Edmundo.
-Buenos días doctor.
-Dígame, ¿cuál es el motivo de su visita?
-Doctor, tengo un problema que creo que me está jugando en contra. Quizás usted lo tome como algo insólito, pero mi problema es que me molesta rotundamente la falta de ortografía. Llega a irritarme profundamente.
-Mmm, curioso. Explíqueme mejor que es lo que siente cuando ve alguna falta de ortografía.
-A ver, no es algo exacto, pero como que siento que es una especie de ofensa, de despilfarro de ignorancia. Teniendo un idioma tan hermoso, ¿cómo es posible que hasta gente de alta intelectualidad, como escritores, poetas, filósofos, caigan en tal insulto? Me parece una ironía, señor, una ironía.
-Podría tomarse así. Dígame, ¿no ha pensado usted que el errar es humano?
-Si, si… estoy de acuerdo con usted, pero no se aleje de mi foco. Lo que realmente me irrita es ver a escritores teniendo faltas ortográficas. Un especialista de las letras, un artista letrado, cayendo en continuos abismos de vulgaridad. Me enerva, me saca de mis casillas. Tanto así que hace un par de días, fui a golpear a un periodista de una revista muy conocida, por escribir “glovo” refiriéndose al globo terráqueo. No pude contenerme. A penas vi el artículo, pedí su dirección en la base de datos de la revista, pero ellos se negaron. Entonces lo esperé en la entrada de la imprenta, y claro, lo identifiqué de inmediato por su cara de idiota que pone en la foto junto a sus vulgares artículos. Sin pensarlo dos veces, recordé la frase mal escrita y me arremetí contra el periodista de mala muerte.
-¿Y el periodista supo el motivo de su ataque?
-Creo que no. Estaba tan enfierecido que olvidé mencionarlo. Además a los pocos golpes que le di, un grupo de policías me sacó violentamente y me llevaron a la comisaría. Tuve que pagar una multa de $20.000 por desorden público. Dígame si no es increíble, doctor, uno defiende la ortografía y lo hacen pagar por eso.
-Según mi opinión de experto, usted no tiene un problema mayor con las faltas ortográficas, señor Edmundo. Su problema viene de antes.
-¿A qué se refiere doctor?
-Usted sabe a lo que me refiero. ¿Qué problema tuvo con alguien relacionado con las letras anteriormente?
-Bueno, verá… yo… tengo un problema ahora mismo.
-Déjeme adivinar. ¿Y en aquel problema no está incluido el periodista, verdad?
-Si, él no tiene nada que ver.
-Cuénteme entonces… (silencio) ¿señor Edmundo?, ¿porqué mira tanto la placa con mi nombre de psicólogo?
-Usted se llama igual que él.
-¿Igual que quién? ¿Quién es Herald?
-Es un novelista. Es mi pareja.
-Ah, ya veo. Y dígame, ¿qué problema tiene usted con él?
-Verá, las cosas han ido decayendo en nuestra relación. Ya habrá oído algo así supongo. Las cosas parten de maravilla, y van decayendo poco a poco.
-Quiero que me cuente con detalles el problema.
-No sabría decirle si existe un problema determinado. Mire, nuestra relación partió muy bien. Todo era amor y felicidad. Discusiones ha habido siempre, pero hemos sabido conversar las cosas. Por lo mismo me sentía muy seguro y feliz, suponiendo que en el entendimiento estaba la clave del éxito con la pareja. Pero un día, bruscamente yo terminé con él por un problema que tuvimos. Evidentemente que yo me arrepentí, doctor, porque realmente lo hice por impulsivo y estúpido. Él sin embargo, prefirió dejarme y seguir su vida como un novelista solitario. En ese mismo instante, no pude contenerme, y me largué en un mar de llantos por noches oscuras. Dejé de lado mi orgullo y lo llamaba, pidiéndole que por favor me perdonara, que lo volviéramos a intentar y nada, todo en vano.
-Y supongo que volvieron.
-Si, pero le pediría que no me interrumpiera doctor.
-Perdóneme usted. Siga, lo escucho.
-Un día quedamos en juntarnos en el centro. Pasamos gran parte del día moviéndonos por toda la ciudad hasta que decidimos descansar en un lugar tranquilo. Conversamos un rato acostados en el césped, y él de pronto sujeta mi cara y me besa. En vez de alegrarme, me entristeció, porque pensé que sería el último beso. En un par de minutos, yo ya estaba de vuelta a las lágrimas, pero esta vez, mojando su pecho. No recuerdo bien, pero en ese momento estaba aterrado de volver a casa, de que cayera la noche y los llantos interminables volvieran. Se lo dije y se quedó callado. Luego, se pone sobre mi y me besa, poniendo a continuación sus labios en mi oreja y me dice que si quiero volverlo a intentar. Sin pensarlo dos veces, algo aturdido por la confusión, le dije de inmediato que si, que estaba dispuesto a intentarlo una vez más.
-Bien, le pediría ahora que me mencione cuál es el problema.
-Supuse que quizás el contarle eso servía de algo. Después de todo, usted es el experto.
-Si, está bien. Pero recuerde que la sesión de hoy dura sólo treinta minutos.
-Cierto, lo había olvidado. ¿Tiene más agua?
-Si, tome el vaso, es suyo… y, prosiga por favor.
-Oh, si. Como le iba diciendo, en aquel momento volvimos a estar juntos. Yo estaba muy feliz entonces. Sin embargo fueron pasando los días y las cosas no mejoraban demasiado. Las discusiones seguían día tras día. Me atrevería a decir que eran problemas de tolerancia, porque él no soportaba nada de lo que yo hacía.
-¿Y usted era muy tolerante con él?
-Emm, siendo sinceros, la verdad es que no mucho. Hay cosas de el que me cuesta tolerar. Pero supongo que puedo acostumbrarme. Volviendo a lo de su intolerancia, hay semanas o días en los que creo que él anda hipersensible… doctor, perdone la pregunta pero, ¿usted no sabe si los hombres tienen algún equivalente a la menstruación femenina?
-Leí algo el otro día. Decía que algunos hombres sufren de alteraciones hormonales mensuales, por períodos similares a los femeninos. Pero no sabría decirle si es algo rigurosamente comprobado.
-Bueno, en ese caso, créame, a este hombre le pasa. Lo he vivido en carne propia. O todo es blanco o todo es negro. A veces pienso que me acosté con el Dr. Jekyll. Y lo peor es que mi padre, que en paz descanse, era igual. Veía día a día como mi madre le controlaba el extremismo. Pero ella tiene la técnica doctor, yo lo he intentado pero me falta práctica.
-¿Me está diciendo que el problema aquí, es con la personalidad polarizada de su pareja?
-No. Es decir, en parte. Hace unas pocas semanas me dijo que yo lo había cansado. Se aburrió de mis problemas y mis arranques infantiles. No se doctor, pero a veces creo que él exagera. Que convierte las cosas en tragedia o alegría según esté su carácter. No quiero sonar como inocente, porque conozco perfectamente los errores que he cometido, pero a mi juicio, sus actitudes son mucho más exageradas de lo que deberían. En ocasiones discutimos, y me irrita, pero luego cuando vuelvo en mi, le digo algo un tanto mas racional y me dice “viste, haces lo mismo de siempre”. Y yo no entiendo doctor. Él pretende que yo me transforme a su pareja perfecta siendo que él no ha hecho mucho por mejorar sus defectos, que no son pocos.
-Siento cierto tono de rabia en sus palabras.
-Si, no lo niego. Me irrita la desigualdad. En una pareja dos construyen algo llamado relación, pero no uno le construye a alguien.
-No creo que él no haya hecho nada por ti.
-Si ha hecho cosas, no lo discuto. Pero a lo que refiere sus defectos, ha hecho muy poco. No se en que momento pasé a ser el arrastrado llorón que hace cualquier cosa para no terminar la relación.
-No lo diga de ese modo. Usted y él tienen modos diferentes de llevar una relación. Supongo que por lo que me dice, usted es más de solucionar los problemas.
-Si, al menos a eso aspiro. En la vida todo viene en bruto, hay que trabajar las cosas para hacer obras maestras. Sin embargo pienso que él está mas acostumbrado al azar de la vida, a quedarse con lo que le llega y si calzan las cosas, bien. A mi parecer es una posición bastante cómoda.
-¿Se aman aún?
-Si, yo lo amo mucho. Yo se que él me ama también. Aunque no me lo diga nunca. Y esto me entristece, ¿sabe? Es triste, pensar que en los comienzos, las palabras “amor”, “te amo”, “te extraño mucho”, “sólo quiero estar contigo” iban y venían con naturalidad. Ahora nada, lo único que entibia el aire es el sexo casual que imaginamos. A veces intento que vuelva a ser como antes, pero es como… no, olvídelo.
-Adelante, dígame.
-No, el odia mis metáforas. Supongo que son pésimas.
-Insisto, explíqueme con metáforas si lo desea.
-Es como una mosca intentado atravesar una ventana cerrada. Insisto con caricias, palabras como “te extraño”, besos en la mejilla, pero nada. No logro llegar a él. Sólo recibo respuestas de indiferencia que me duelen tanto como el porrazo de la pobre mosca contra el vidrio. Me daña de pies a cabeza. Me creerá un pobre hombre, pero a veces, cuando me siento triste busco en mis mensajes de voz, uno en el cual me dice que me ama mucho. Su voz sonaba tan dulce y sincera. Cuando oigo ese mensaje el pecho vuelve a tener calor. Es más, creo que si no escuchara ese mensaje, ya hubiera olvidado lo que se siente que a uno le digan eso.
-¿Sabe el motivo de su indiferencia?
-No lo tengo claro. Sé que está confundido. Me lo ha dicho, pero no sé cuales son los puntos de confusión.
-Y por casualidad, ¿no sabe que le causa esa confusión?
-No. A veces pienso que tiene que ver con su ex-pareja. Pero me cuesta entender que tiene que ver eso conmigo.
-Esto va a tomar su tiempo. No le veo una cura muy rápida. Tendré que pedirle que venga dos veces a la semana, por seis meses.
-Pero, ¿qué es lo que tengo?
-Algo difícil de quitar. Usted tiene un problema de amor, de esos complicados.
-¿Yo?, pero doctor, yo no estoy confundido, ni tengo problemas con mi personalidad.
-Yo diría que usted si esta confundido, y que claramente tiene problemas de personalidad. Infórmele a su pareja que está viniendo a verme, porque en algunas sesiones lo vamos a necesitar.
-Pero doctor, ¿Confundido de qué? ¿Qué problema de personalidad?... ¿Qué está escribiendo ahí?
-Es el informe de su personalidad, señor Edmundo. Lo hago con todos los pacientes.
-Ah. Pero explíqueme lo de mis supuestos problemas.
-Esos los veremos con el tratamiento. A usted le falta visualizar muchas cosas de usted mismo que no ha notado. Tenga paciencia, con un poco de esfuerzo logrará superar todo esto.
-¿No tiene que ver con el periodista verdad?
-No, aquello sólo es un detalle.
-Pero entonces… ¿Qué estoy haciendo mal?, Yo tengo la razón ¿no?
-Me temo que se nos acabó el tiempo. Venga el jueves. Dígale a Martita que le ajuste alguna hora al calendario.
-Pero…
-Fue un placer señor Edmundo, y recuerde que aún nos queda mucho que descubrir. Hasta pronto.
-Hasta pronto doctor… nos… veremos.
Salí de la sala y hablé con Martita. Mientras bajaba en el ascensor, no podía dejar de pensar en que si yo realmente estaba mal. Después de todo, el ni me conoce. Además, vi claramente cuando escribió “inmadures” en lugar de inmadurez. Supongo que es uno de esos estúpidos con título que plagan el mundo.